– Debería quedarse sentada -dijo él-. Necesita hielo en el tobillo.

– El hielo me está dando frío. ¿Tiene té?

Kane tuvo ganas de responder que aquello no era un restaurante y que no, que no tenía té. Esa mujer debería estarle agradecida de que él no los hubiera dejado a ella y a los gatos ahí fuera, congelándose.

Aunque estaban en Los Ángeles y allí nunca se congelaba nadie; por otra parte, se lo había impedido algo en los azules ojos de Willow, algo que indicaba ingenuidad y confianza en la gente.

Era la clase de mujer que nunca esperaba nada malo de las personas, y habría apostado una buena parte de su sustanciosa cuenta bancaria a que, con frecuencia, se había visto defraudada.

– No tengo té.

Ella asintió.

– No le gusta el té, ¿eh? Demasiado macho para beber té.

– ¿Macho?

– Masculino, viril… como quiera llamarlo.

– ¿Viril?

– Estoy haciendo suposiciones. Puede que no sean ciertas. No parece que haya una mujer en su vida.

A Kane le dieron ganas de pegarle un grito.

– Me estropea el día, amenaza a mi jefe, huye a toda carrera, me culpa de haberse tropezado y ahora cuestiona mi… mi…

– ¿Masculinidad? -Willow lo ayudó a terminar la frase-. ¿Lo estoy haciendo enloquecer? Ocurre a veces. Hago lo posible porque no ocurra, pero nunca sé muy bien cuándo lo hago.

– Lo está consiguiendo, sí.

– En ese caso, pararé. ¿Le parece bien que vuelva a sentarme en el sillón?

– No se puede imaginar lo bien que eso me parece.

– De acuerdo.

Willow se volvió, pero estuvo a punto de caerse otra vez y se agarró al marco de la puerta para no perder el equilibrio. Kane lanzó un juramento y, pasando por encima de la gata, fue a alzarla en sus brazos.

– Debe de ser la pérdida de sangre -dijo Willow apoyando la cabeza en el hombro de él-. Pronto me recuperaré.

– Sobre todo, teniendo en cuenta que no ha perdido sangre.



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