
Por fin, Kane alzó la cabeza y la miró. La pasión oscurecía los ojos de él, haciéndolos parecer las nubes tormentosas, algo que jamás había pensado de los ojos de un hombre. El deseo tensaba sus facciones, confiriéndoles un aspecto depredador.
– ¡Quieres acostarte conmigo! -anunció Willow, tan contenta que estuvo a punto de besarlo otra vez.
Él murmuró algo ininteligible y la llevó de vuelta al sillón del cuarto de estar.
– No nos vamos a acostar -lo informó Kane.
– Sí, eso ya lo sé. No nos conocemos. De todos modos, te gustaría.
Kane sacudió la cabeza.
– ¿Kane?
Él la miró.
Willow contuvo la respiración al ver en los ojos de Kane que aún la deseaba. Algunos hombres le habían propuesto ir a la cama, pero nunca la habían deseado de verdad.
– Vaya, no son imaginaciones mías. Eres un encanto. Gracias.
– No soy un encanto. Soy un frío sinvergüenza.
Ni hablar. Willow sonrió.
– Me has hecho feliz. Los hombres no me desean sexualmente.
Kane la miró de pies a cabeza; una mirada muy sexual.
Willow supuso que debería sentirse insultada, pero le resultó fascinante.
– Créeme, los hombres te desean. Lo que pasa es que no te das cuenta.
– No, no es verdad. Yo soy la clase de chica simpática y cariñosa que acoge en su casa a hombres que se sienten perdidos. No es que se vengan a vivir conmigo, claro está, pero los ayudo. Los animo, los apoyo, los mimo… y luego se van. Pero esos hombres nunca… bueno, ya sabes.
– ¿Nunca han mostrado interés en acostarse contigo? -preguntó él sin andarse con rodeos.
Willow parpadeó.
– No; por lo general, no. La verdad es que no me importa. Con algunos hago amistad, con otros… -Willow se encogió de hombros-. En fin, es la vida.
Y realmente no le molestaba. Su destino era ayudar a los hombres y luego, cuando estaban bien, se quedaba sola. Sin embargo, a veces no le habría importado que la vieran como algo más que una amiga. Había habido un par de ellos con los que le habría gustado llegar a algo más.
