
– Dejemos las cosas claras, yo no necesito que me ayuden -dijo Kane.
Willow no sabía si creerlo o no, pero estaba dispuesta a no profundizar en ese tema de momento. Sobre todo, porque el deseo que veía en él era increíble.
– Eres tan fuerte y tan guapo… -dijo ella con un suspiro-. Aunque no seas mi tipo.
– Me alegra saberlo -comentó él irónicamente.
– Puedes besarme otra vez. Te lo permito.
– Aunque es una invitación irresistible, prefiero ir a ver qué te puedo dar de comer.
Willow tenía hambre.
– Pero todavía me deseas, ¿no? No se te ha pasado.
Kane la miró a los ojos y ella, al ver que el deseo seguía allí, sintió un intenso calor en lo más íntimo de su cuerpo.
– ¡Vaya, eres increíble! -exclamó Willow mientras Kane se daba media vuelta y se alejaba.
– Vivo para servir.
Willow lo oyó abrir armarios y cajones en la cocina mientras miraba a la gata, que lamía a sus cachorros.
– Creo que vais a ser muy felices aquí -le susurró ella a la gata-. Kane es buena persona. Os cuidará bien.
Mejor dicho, los cuidaría bien una vez que ella lo convenciera de que quería quedarse con la gata y sus crías. Estaba convencida de que Kane, en el fondo, tenía un gran corazón.
Alguien llamó a la puerta.
– Yo abro -dijo ella al tiempo que se deslizaba hacia el borde del sillón con el fin de ponerse en pie apoyándose sólo en una pierna.
– Esta es mi casa y abro yo -la informó Kane acercándose a la puerta-. Quédate donde estás, no te muevas.
– Besas demasiado bien para asustarme -lo informó Willow.
Kane la ignoró y abrió.
– ¿Sí?
– Soy Marina Nelson. He venido a ver a mi hermana -Marina dejó una bolsa en las manos de él-. Hay más en el coche.
Willow saludó a su hermana desde el sillón.
– Has venido.
