
– Claro que he venido. Has dicho que te habías caído y que te habías roto un tobillo.
– He llamado a Marina porque sabía que, a estas horas, estaría en casa -le explicó Willow a Kane-. Julie está trabajando. ¿Vas a dejarla entrar?
– No lo he decidido todavía.
– Podrías empujarlo -le dijo Willow a su hermana.
Marina sacudió la cabeza.
– Es demasiado fuerte.
Willow abrió la boca para decir que Kane no era tan duro como parecía y que besaba maravillosamente bien, pero lo pensó mejor. Era la clase de información que se debía mantener en secreto.
– Os parecéis -dijo Kane.
Willow suspiró. Kane parecía decidido a poner las cosas difíciles.
– Las tres nos parecemos, es genético. Bueno, ¿vas a dejarla entrar?
– ¿Tengo otra alternativa?
– Si no me dejas entrar, volveré con refuerzos -lo informó Marina.
– Está bien.
Kane se echó a un lado y Marina entró en la casa. Rápidamente, se dirigió al sillón y abrazó a su hermana.
– ¿Qué demonios te ha pasado? ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Qué le has hecho a tu pobre pie? -Marina se sentó en el reposapiés y se inclinó hacia delante-. Empieza por el principio y cuéntamelo todo.
Kane llevó la bolsa a la cocina y luego salió de la casa.
– Habla -insistió Marina.
– No he conseguido olvidar lo de Todd -comenzó Willow-. Cada momento que pasaba estaba más y más furiosa. En fin, esta mañana, al despertarme, no podía aguantarlo más.
Marina se la quedó mirando.
– Por favor, dime que no has venido aquí para enfrentarte a él.
– Eso es exactamente lo que ha hecho -dijo Kane, entrando con unas cuantas bolsas más-. ¿Hay más en el maletero?
– No, sólo ésas en el asiento de atrás del coche. Gracias.
Kane lanzó un gruñido y desapareció en la cocina.
Willow lo miró mientras se iba, y le gustó mucho la forma como los pantalones se le ajustaban al trasero. Nunca antes se había fijado en el trasero de un hombre, pero nunca había visto uno tan bonito.
