
– ¿En serio? -¿había ella quebrado la ley?-. ¿Va a hacer que me arresten?
– No, si se va ya y promete no volver nunca más.
– Es necesario que hable con él. Alguien tiene que decirle cuatro cosas bien dichas.
En los labios de Kane se dibujó una curva.
– ¿En serio cree que va a asustarlo?
– Es posible -aunque, a decir verdad, se le habían quitado las ganas de ver a Todd-. Podría volver en otro momento.
– Estoy seguro de que a Todd le va a encantar la idea. ¿Tiene coche?
– ¿Qué? -preguntó Willow-. Naturalmente que tengo coche.
– En ese caso, la acompañaré a su coche y olvidaremos lo que ha pasado.
Lo que él proponía tenía sentido, pero había un par de problemas.
– No puedo -dijo Willow girando el tobillo. Al instante, el dolor le hizo apretar los dientes-. Creo que me he roto el tobillo al caer.
Kane murmuró algo para sí mismo y cambió de postura para examinarle el tobillo. Lo levantó con cuidado y, mientras lo sostenía con una mano, con la otra empezó a deshacerle los cordones de las zapatillas deportivas.
Willow calzaba un treinta y nueve, un pie enorme teniendo en cuenta que sólo medía un metro cincuenta y nueve centímetros; a pesar de ello, la enorme mano de ese hombre hacía que su pie pareciese enano. ¿No decían algunas mujeres casadas algo sobre los hombres con manos grandes?
Willow no sabía si reír o ruborizarse, así que decidió no pensar en ello y lo observó mientras él le quitaba la zapatilla deportiva.
– Mueva los dedos de los pies -dijo él.
Willow obedeció. Le dolió.
Kane le quitó el calcetín y comenzó a examinarle el pie. Willow hizo una mueca, aunque esta vez no fue debido al dolor. A pesar de no saber nada de medicina, se dio cuenta de que el pie se le estaba hinchando en cuestión de segundos.
