
– No tiene buen aspecto -murmuró ella-. Creo que voy a cojear durante el resto de mi vida.
Kane la miró.
– Se ha abierto el tobillo. Lo único que tiene que hacer es reposar durante un par de días y ponerse hielo en el tobillo. Estará bien enseguida.
– ¿Cómo lo sabe?
– Estoy acostumbrado a ver este tipo de cosas.
– ¿Ocurren mucho en su trabajo? ¿O es que trabaja con gente patosa?
Él respiró profundamente.
– Lo sé, es todo. ¿Vale?
– Eh, oiga, soy yo quien está seriamente herida. Si alguien tiene derecho a protestar soy yo.
Él murmuró algo que a Willow le pareció «¿por qué a mí?», y entonces ese hombre, sin que ella se diera cuenta de lo que pasaba, la levantó en sus brazos.
La última vez que a Willow la habían llevado en brazos fue cuando tenía siete años y estaba devolviendo por haber comido demasiados dulces en una feria. Se agarró al cuello de Kane con los brazos y protestó:
– ¿Qué está haciendo? Suélteme. Déjeme en el suelo.
– Voy a llevarla a la casa para ponerle hielo en el tobillo. Luego, se lo vendaré y veré la mejor manera de llevarla a su casa.
– Puedo conducir.
– No lo creo.
– Usted mismo ha dicho que no es nada grave -le recordó Willow mientras notaba que a él no parecía costarle ningún trabajo llevarla en brazos. Al parecer, esos músculos eran de verdad.
– Está algo alterada. No debería conducir.
Alterada o no, no le gustaba que alguien tomara decisiones por ella. Prefería estar a cargo de su propio destino. Además, había otras cosas a tomar en cuenta.
– Se ha olvidado de mi zapatilla deportiva y mi calcetín -dijo Willow-. Y su chaqueta.
– Volveré a recogerlas cuando la deje sentada.
– ¿Y la gata?
Él le lanzó una mirada que parecía cuestionar su salud mental. A Willow le fastidiaban mucho los gestos como aquél.
– La gata en el hueco del árbol. Creo que está pariendo. La vi cuando me caía. Hace frío, no podemos dejarla ahí. ¿Tiene una caja y toallas? Quizá primero unos periódicos, luego las toallas. Dar a luz es así. Ya sé que es parte del ciclo de la vida, pero todos esos fluidos…
