
Él tomó un camino de piedra y avanzó hacia la casa de los guardeses. Willow dejó el tema de la gata y se quedó mirando a la bonita construcción. Pero no era la casa principal.
– Eh, ¿adónde me lleva? -quiso saber ella, conjurando mentalmente imágenes de un oscuro calabozo lleno de cadenas colgando de las paredes.
– A mi casa. Allí tengo un botiquín de primeros auxilios.
Sí, tenía sentido.
– ¿Vive en esta propiedad?
– Me resulta cómodo.
– Al menos, se ahorra el transporte -Willow recorrió los jardines con la mirada-. Da al sur, tiene suerte. Podría cultivar cualquier cosa que le apeteciera.
Era aficionada a la jardinería. Le encantaba enterrar las manos en la tierra y plantar cualquier cosa.
– Si usted lo dice.
Con cuidado, él la dejó en el suelo, pero siguió sujetándola para que no cargara demasiado peso en el pie. Willow se apoyó en él, ese hombre sabía cómo hacer que una mujer se sintiera a salvo con él.
Kane se sacó las llaves de un bolsillo del pantalón, abrió la puerta y la hizo entrar.
– Si saliéramos juntos, podría decirse que esto es muy romántico -dijo ella con un suspiro-. ¿No podríamos fingir?
– ¿Qué? ¿Qué salimos juntos? No.
– Estoy herida. Puede que muera y, la verdad, usted tiene la culpa. ¿Está casado?
Kane la hizo sentarse en un sillón al lado de la chimenea; luego, le colocó el pie en un reposapiés.
– Usted fue quien echó a correr, lo que le ocurre es culpa suya -dijo él-. No estoy casado y no se mueva.
Kane desapareció y Willow sospechó que había ido a la cocina. Bien, estaba claro que a Kane no le molestaba ayudarla en un momento de apuro, pero no se estaba mostrando excesivamente amistoso. Daba igual.
