– Nunca te habías opuesto a que llevara una cruz.

– Porque venías por asuntos policiales; esta vez es distinto.

Lo miré al pecho y me pregunté si el encaje sería tan suave como parecía; probablemente no.

– ¿Tan poco confías en tus habilidades, mi pequeña reanimadora? ¿De verdad crees que toda tu resistencia ante mí radica en el trozo de plata que llevas al cuello?

No lo creía, pero sabía que algo contribuía. Jean-Claude afirmaba tener doscientos cinco años, y un vampiro adquiere mucho poder en dos siglos. Me estaba llamando cobarde veladamente. Y de eso nada.

Levanté los brazos para desabrocharme la cadena. Él se apartó y me volvió la espalda. La cruz me inundó las manos de un resplandor plateado. Una humana rubia apareció junto a mí; me entregó un resguardo y cogió el colgante. Qué monos, hasta tenían una consigna para objetos sagrados.

Me sentí repentinamente desnuda sin el crucifijo. Dormía y me duchaba con él.

– El espectáculo de esta noche te resultará irresistible, Anita -dijo Jean-Claude, acercándose de nuevo-. Te van a hechizar.

Más quisieras contesté. Pero es difícil hacerse la dura con alguien a quien se mira al pecho. Para imponer un poco hay que mirar a la otra persona a los ojos, y en aquella situación era impensable.

Él rió. Era un sonido tangible, como la caricia de las pieles: cálido y con un levísimo deje de muerte.

– Te va a encantar, te lo prometo -dijo Mónica, cogiéndome del brazo.

– Sí -dijo Jean-Claude-. Será una noche verdaderamente inolvidable.

– ¿Es una amenaza?

Volvió a reír, con aquel sonido cálido y siniestro.

– Este es un lugar dedicado al placer, no a la violencia.

– Venga, que el espectáculo está a punto de empezar -dijo Mónica, tironeándome del brazo.

– ¿El espectáculo? -preguntó Catherine.

No tuve más remedio que sonreír.

– Bienvenida al único local de boys vampíricos, Catherine.



15 из 286