
Los tribunales estaban debatiendo toda clase de minucias. ¿Los herederos tenían que devolver las herencias? ¿Se podía considerar viudo al cónyuge de un no muerto? ¿Era asesinato matar a un vampiro? Si hasta había un movimiento a favor del sufragio vampírico… Ah, los tiempos cambian.
Contemplé al vampiro que tenía delante y me encogí de hombros. ¿De verdad me daba igual que hubiera un vampiro menos? Quizá.
– Si crees que pienso así, ¿por qué recurres a mí?
– Porque eres la mejor, y necesitamos al mejor.
Hasta entonces no había hablado en plural.
– ¿Para quién trabajas?
– No te preocupes por eso -dijo con una sonrisa reservada y misteriosa, como si estuviera ocultando algo importante. Queremos que alguien que conozca la vida nocturna investigue los asesinatos, y estamos dispuestos a pagar muy bien.
– Ya le di mi opinión a la policía cuando vi los cadáveres.
– ¿Y tu opinión era…? -Se inclinó hacia delante en la silla y apoyó sus manos menudas en la mesa. Tenía las uñas pálidas, casi blancas, sin sangre.
– Presenté un informe completo a la policía. -Levanté la vista y lo miré casi directamente a los ojos.
– ¿Ni siquiera me vas a decir eso?
– No tengo autorización para comentar asuntos policiales contigo.
– Les dije que no aceptarías.
– ¿Aceptar qué? No me has dicho absolutamente nada.
– Queremos que investigues los asesinatos de vampiros y que averigües quién, o qué, lo está haciendo. Estamos dispuestos a triplicar tu tarifa habitual.
Sacudí la cabeza. Aquello explicaba por qué había concertado la entrevista el cerdo avaricioso de Bert. Sabía de sobra qué pensaba de los vampiros, pero el contrato me obligaba, como mínimo, a recibir a cualquier cliente que le hubiera pagado una señal, y mi jefe era capaz de todo por dinero. El problema era que esperaba lo mismo de sus empleados. Bert y yo íbamos a tener una charla muy, muy pronto.
