
– Ya.
Los dos hombres se estrecharon la mano, lo que sirvió para recordarle a Figaro lo fuerte que era el otro, aunque fuera más pequeño.
– Hasta pronto, Jimmy, y gracias otra vez.
Figaro hizo un gesto de adiós con la mano mientras Rizzoli cruzaba la zona de recepción y salía por la puerta de Figaro & August; luego miró inquisitivo a Carol.
– Creo que tiene que venir y verlo usted mismo -dijo ella, y se dirigió a través de una serie de despachos hasta la sala de juntas.
– Cuando vimos lo que había, pensamos que lo mejor era dejarlo aquí -explicó nerviosa-. Gina está en el lavabo con Smithy. Fue Smithy quien abrió el paquete. Me parece que se llevó un buen susto.
– ¿Fue ella la que chilló?
– Es una persona bastante nerviosa, señor Figaro. Nerviosa, pero leal. Smithy se preocupa por usted. Todos lo hacemos. Por eso un incidente como éste es tan perturbador. Supongo que, con nuestra lista de clientes, es comprensible. Pero esto… esto es algo que parece de película.
– Ahora has despertado mi curiosidad de veras -dijo Figaro y entró detrás de ella en la sala.
Smithy estaba echada en el sofá que había bajo la ventana, y Gina estaba abanicándole la pálida cara con un ejemplar del New Yorker.
Figaro reconoció la portada. Era el número en que aparecía una semblanza de él mismo. Miró alrededor de la sala, sus ojos oscuros, rápidos, al servicio de una útil memoria fotográfica, absorbiendo el probable curso de los acontecimientos. El New Yorker, la caja abierta, los montones de paja, como vello púbico, el objeto en sí.
De pie, con más de un metro y medio de alto y el aspecto de haber tropezado con la mirada pétrea de una gorgona, había un abrigo de piedra.
– ¿Qué clase de mente morbosa…? -balbuceó Carol-, pero no, espere un momento, sé quién ha sido. Hay un nombre en la nota de envío.
Le dio una hoja de papel rosado y puso, vacilante, la mano en el hombro de su jefe.
