Era la primera vez, en los tres años que llevaba trabajando para él, que lo tocaba, y le sorprendió encontrar una fuerte musculatura debajo de su caro traje de Armani. Era un hombre alto, atractivo, en buena forma para ser alguien que se pasaba la mayor parte del tiempo en su despacho y el resto en los tribunales. Un poco como Roy Scheider, pensó. La misma nariz larga, la misma frente alta, las mismas gafas, sólo que más pálido. Casi tan pálido como la mujer del sofá.

– ¿Se siente bien señor Figaro? Está un poco pálido.

Figaro, que no estaba casi nunca al sol, apartó la mirada del abrigo de piedra y la miró a los ojos. Durante un momento no dijo nada; luego se echó a reír.

– Estoy bien, Carol -replicó y empezó a reírse de nuevo, sólo que esta vez no pudo parar, hasta que tuvo que quitarse las gafas y apoyarse con las dos manos en la mesa, llorando y llorando a lágrima viva.

2

La mañana en que soltaron a Dave Delano de la Penitenciaría de Miami, en Homestead, pasaron dos cosas.

Una fue que Benford Halls, que hacía poco había sido transferido desde Homestead a la Penitenciaría del Estado en Stark, fue ejecutado. Aunque Stark estaba a muchos cientos de kilómetros al norte, las circunstancias de las últimas horas de Halls -transmitidas meticulosamente por casi todas las emisoras de radio y televisión de Florida- provocaron mucha ira y resentimiento entre los reclusos de Homestead. No sólo le habían hecho esperar durante varias horas después de las once de la noche, la hora prevista, debido a un problema con la antigua silla eléctrica, sino que, además, según las noticias, se había permitido al actor de cine Calgary Stanford presenciar la ejecución para preparar un papel de condenado a muerte que iba a representar pronto.

Dave Delano tenía buenas razones para recordar a Benford Halls. Los dos habían sido sentenciados en el mismo juzgado de Miami, el mismo día, hacía exactamente cinco años.



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