
La segunda cosa que sucedió fue que Dave recibió una carta por correo aéreo. Era de Rusia y estaba escrita con la letra inconfundible y clara de Einstein Gergiev, y con su estilo críptico. Gergiev había salido de Homestead unos seis meses antes que Dave, después de cumplir ocho años de condena por pertenecer al crimen organizado. Liberado y deportado, por ser un inmigrante indeseable.
Puede que fuera un indeseable, pero gracias a él, Dave había empleado muy bien su período de reclusión. Había sido Gergiev quien lo había convencido de que tenía verdadera facilidad para las lenguas y que las peculiaridades del sistema penal le permitirían estudiar y perfeccionarse como la gente en libertad sólo podía soñar. Sólo unos meses antes de que una enmienda a la Ley Penal de 1994 prohibiera que se concedieran a los reclusos becas federales para la educación superior, Dave había obtenido un diploma de ruso. Su español siempre había sido bueno. Crecer en el South Beach de Miami, era igual que estar en Cuba, para lo que te servía el inglés. Y cuando estaba moreno, con sus ojos y su pelo oscuros, casi podía pasar por uno de los marielitos que habían ayudado a que Miami fuera la antigua capital del crimen de Estados Unidos. El potencial de Dave como estudiante de ruso bien podía venir de que era hijo de un inmigrante judío ruso, que había huido de la Unión Soviética después de la guerra. El nombre real de su padre era Delanotov, que cambió por Delano al llegar a Estados Unidos, escogiendo el segundo apellido del anterior presidente [Roosevelt] a fin de aumentar sus perspectivas de futuro, escasas como eran. Pasó los siguientes treinta años, cuando no estaba borracho, instalando sistemas de aire acondicionado en yates de lujo. Movido por el amor y la gratitud hacia su país de adopción y por el odio hacia el que había dejado atrás, el padre de Dave no volvió a hablar su lengua materna nunca más.
