—Quería ver…

—¿Ver qué?

—La arena, el océano. Era la primera vez que venía a vuestra ciudad…

—¡Está bien! No hay nada de malo en ello.

Él la condujo por una galería tan alta, que le hizo sentirse aturdida. Las chillonas aves marinas volaban entre los altos y puntiagudos arcos. Luego pasaron por un último corredor estrecho a cuyo final salieron por una gran puerta, y franquearon un puente rechinante de espadametal que terminaba en la calzada.

Caminaron entre la torre y la ciudad, entre el cielo y el mar, en silencio, el viento empujándoles siempre hacia la derecha. Rolery tenía frío y se sentía enervada por la altura, por lo extraño de aquel paseo, por la presencia del oscuro falsohombre a su lado, caminando junto a ella paso a paso.

Al entrar en la ciudad, él le dijo bruscamente:

—No volveré a hablarte con la mental. Pero antes tuve que hacerlo.

—Cuando tu me dijiste que corriera… —empezó a decir ella, luego vaciló, no muy segura de lo que estaba diciendo, o de lo que le había ocurrido allá en la arena.

—Pensé que eras uno de los nuestros —repuso él, como si estuviera enfadado, y luego se controló—. No podría haber soportado ver cómo te ahogabas. Aunque te lo hubieras merecido. Pero no te preocupes. No lo volveré a hacer de nuevo, y eso no me dio ningún poder sobre ti. No importa lo que tus mayores puedan decirte. Puedes irte, eres libre como el viento e ignorante como siempre.

Su dureza era real, y ello asustó a Rolery. Impaciente por el temor, y a pesar de que estaba temblando, preguntó de modo imprudente:

—¿También soy libre de volver?

Al oír eso, el lejosnato se la quedó mirando. Aunque ella no pudo alzar la mirada, se dio cuenta que la expresión de él había cambiado.

—Sí, lo eres. ¿Puedo saber cómo te llamas, hija de Askatevar?

—Soy Rolery, del linaje de Wold.

—¿Wold es tu abuelo? ¿Tu padre? ¿Vive todavía?



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