
—Sí.
Podía comprender el idioma de él; pero él empleaba muchas palabras que ella no había oído nunca, y pronunciaba mal casi todas las restantes.
—¿Has venido de Tevar?
Ella volvió a encogerse de hombros. Se sentía enferma y tenía ganas de llorar. Mientras subía el siguiente tramo de escalera cortada en la negra roca, se alisó el pelo, y desde el resguardo que ésta le ofrecía, miró de reojo, por una fracción de segundo, a la cara del lejosnato. Era fuerte, ruda y oscura, con ojos ceñudos y brillantes, los ojos oscuros de aquellos seres extraños.
—¿Qué estabas haciendo en la arena? ¿No te advirtió nadie sobre la marea?
—No sabía nada —susurró ella.
—Pues vuestros mayores lo saben. O al menos lo sabían la pasada Primavera cuando vuestra tribu vivió aquí junto a la costa. Los hombres tienen la memoria muy corta —lo que dijo era duro; pero su voz fue en todo momento tranquila y sin aspereza—. Ahora por aquí. No te preocupes, todo este sitio está vacío. Hace mucho tiempo que ninguno de los nuestros ha puesto pie en el Rimero…
Habían entrado por una puerta a un túnel oscuro, y salido a una habitación que a ella le pareció enorme, hasta que entraron en la siguiente. Cruzaron portalones y patios a cielo abierto, caminaron a lo largo de galerías porticadas que se asomaban al mar muy por encima de él, y a través de habitaciones y salones abovedados, silenciosos, vacíos, moradas de los vientos marinos. El mar se agitaba y retorcía ahora en espumas plateadas allá en la profundidad. Ella se sentía mareada, insustancial.
—¿Vive alguien aquí? —pregunto con su vocecita.
—Ahora no.
—¿Es vuestra Ciudad de Invierno?
—No. Invernamos en la ciudad. Todo esto fue construido para que sirviera de fuerte. Teníamos muchos enemigos en tiempos pretéritos… ¿Qué estabas haciendo en la arena?
