Sólo cuatro calles llevaban a esta plaza, y cada una de ellas podía ser cerrada por un portalón cuyos goznes estaban incrustados en los muros de las cuatro casas grandes; así que la plaza era como un fortín dentro de un fuerte o una ciudad dentro de una ciudad. Dominaba el conjunto un edificio que se elevaba hacia el cielo, brillante por la luz del sol.

Era un lugar poderoso, pero vacío de gente.

En un ángulo de la plaza, que era tan grande como un campo, había unos muchachos lejosnatos jugando sobre la arena. Dos chicos estaban empeñados en un tenaz y habilidoso encuentro de lucha libre, y un grupo de niños vestidos con chaquetas almohadilladas y gorros, practicaban la esgrima con espadas de madera con igual tenacidad. Era maravilloso contemplar a los luchadores, que parecían ejecutar una lenta y peligrosa danza el uno alrededor del otro, agarrándose luego repentinamente con destreza y gracia. Junto con un par de lejosnatos, altos y silenciosos, arrebujados en sus pieles, Rolery se quedó mirando. Cuando de pronto el luchador mayor dio un salto mortal para caer sobre su musculosa espalda, ella ahogó un grito que coincidió con el de él, y luego se echó a reír de sorpresa y admiración:

—¡Buen lanzamiento, Jonkendy! —gritó junto a ella un lejosnato, y una mujer, en el otro extremo de la arena, aplaudió.

Desatentos a todo, absortos en su juego, los muchachos siguieron la lucha, acometiéndose, tanteándose y defendiéndose.

Ella no había conocido nunca a los guerreros adultos de aquel pueblo de brujos, ni apreciado su fuerza y habilidad. Aunque ella había oído decir que practicaban la lucha, siempre los había imaginado vagamente como jorobados y parecidos a arañas viviendo en una sombría madriguera, inclinados sobre una rueda de alfarero, haciendo aquellos delicados cacharros de cerámica y piedra clara que luego iban a parar a las tiendas de campaña de los humanos.



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