Y se contaban historias y circulaban rumores y fragmentos de cuentos; un cazador era «afortunado como un lejosnato»; había una cierta clase de tierra llamada «mineral de brujos» porque el pueblo de los brujos la apreciaba mucho y por ella daba cualquier cosa a cambio. Pero Rolery no sabía más que retazos de la verdad. Desde mucho tiempo antes de que ella naciera, los Hombres de Askatevar habían vagado por el norte y el oeste de sus tierras. Ella no había visto nunca llevar una cosecha a los graneros que había bajo la colina de Tevar, porque jamás había estado en este límite occidental hasta esta fase lunar, cuando todos los hombres del pueblo de Askatevar se reunieron con sus rebaños y familias para construir la Ciudad de Invierno sobre los graneros enterrados. Ella no sabía nada, realmente, sobre aquella raza extraña, y cuando se dio cuenta de que el luchador que había salido victorioso, el joven delgado llamado Jonkendy, la estaba mirando fijamente a la cara, volvió la cabeza y se apartó atemorizada y disgustada. Él se acercó a ella, su cuerpo desnudo brillando oscuramente por el sudor.

—Has venido de Tevar, ¿no? —le preguntó, en idioma humano, aunque la mitad de las palabras sonaban equivocadas.

Sintiéndose feliz por su victoria, y quitándose la arena de sus pequeños brazos, él le sonrió.

—Sí.

—¿Qué podemos hacer por ti aquí? ¿Quieres algo?

Ella no pudo mirarlo tan de cerca, claro; pero el tono de él era a la vez amistoso y burlón. Era una voz juvenil; pensó que probablemente era más joven que ella; pero no quería ser objeto de burla.

—Sí —respondió con frialdad—. Quiero ver esa roca negra que hay en medio de las arenas.

—Pues ve. La calzada está abierta.

Pareció como si él tratara de atisbar la cara que ella mantenía baja. Ella se apartó un poco más de él.

—Si alguien te detiene, dile que Jonkendy Li te ha enviado —le dijo el muchacho—, ¿o prefieres que vaya contigo?



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