
La chica no respondió a esto. Con la cabeza alta y la mirada baja, se encaminó hacia la calle que llevaba desde la plaza a la calzada. Ninguno de aquellos sonrientes y negros falsos hombres debía de pensar que ella estaba atemorizada…
Nadie la siguió. Nadie pareció fijarse en ella al pasar a su lado en la corta calle. Llegó a los grandes pilares de la calzada, miró hacia atrás, luego hacia el frente, y se detuvo.
El puente era inmenso, una carretera para gigantes. Desde lo alto de la loma le había parecido frágil, pasando sobre campos, dunas y playa con el ritmo ligero de sus arcos; pero ahora podía ver que era lo suficientemente ancho para que lo cruzaran veinte hombres de frente, y llevaba recto hasta los amenazantes portalones negros de la torre roca. No había barandillas que protegieran contra las ráfagas de aire. A nadie se le habría ocurrido dar un paseo por él; no era un paseo para pies humanos.
Una calle lateral la condujo a una puerta occidental en la muralla de la ciudad. Pasó apresuradamente junto a corralesy establos y salió por la puerta sin que nadie lo advirtiera, intentando bordear las murallas y regresar en seguida a casa.
Pero aquí donde los acantilados eran de menor elevación,con muchos escalones cavados en ellos, los campos situados al pie tenían un aspecto pacífico y parecían bien cuidados enla tarde amarillenta. Justo más allá de las dunas estaba la extensa playa, donde ella podía encontrar las largas y verdes flores marinas que las mujeres de Askatevar llevaban en su pecho, y con las que en los días de fiesta se hacían guirnaldas para el cabello. Había olfateado el extraño olor del mar. Ella jamás había paseado por los arenales marinos. El sol aún no se había desvanecido bajo el horizonte. Rolery descendió por una de aquellas escaleras del acantilado y cruzó los campos, atravesó diques y dunas y corrió al final hacia el llano y brillante arenal que se prolongaba hasta perderse de vista hacia el norte, el oeste y el sur.
