
Soplaba el viento, bajo el débil brillo del sol. Frente a ella, muy lejos desde el oeste, oyó un sonido incesante, una inmensa y remota voz murmurante y adormecedora. La arena se extendía bajo sus pies, firme, igual e interminable. Corrió por el gozo de correr, se detuvo y con una risa de júbilo miró a los arcos de la calzada que parecían marchar solemnes y enormes junto a la diminuta y oscilante línea de la huella de sus pies, corrió de nuevo y se detuvo otra vez para recoger del suelo conchas plateadas que estaban medio enterradas en la arena. Brillante como un puñado de guijarros de color, la ciudad de los lejosnatos parecía colgada sobre la cumbre del acantilado por detrás de ella. Antes de que se cansara de viento salado, espacio y soledad, había llegado casi hasta la torrerroca, que ahora descollaba con su densa negruraentre ella y el sol.
El frío acechaba bajo aquella sombra larga. Tiritó y echó a correr de nuevo para salir de la sombra, alejándose todo lo que pudo de aquella negra masa rocosa. Quería ver cuán bajo estaba ya el sol en el horizonte, hasta dónde había de ir ella para ver las primeras olas del mar.
El viento trajo a sus oídos una voz débil y profunda a la vez, que decía algo, llamaba de un modo tan extraño e insistente que ella se detuvo de pronto, y se volvió para mirar con cierto temor la gran isla negra que se elevaba en medio de las arenas. ¿Es que aquel lugar de brujería la estaba llamando?
Sobre la calzada sin barandilla, encima de uno de los estribos que se hincaban en la isla de roca, alta y distante, una figura negra la llamaba.
Se volvió y comenzó a correr, luego se detuvo y regresó. Empezaba a estar aterrorizada. Quería correr y no podía. El terror la dominó y no pudo mover ni una mano ni un pie. Se estuvo quieta, temblando, sintiendo como un rugido en sus oídos. El brujo de la torre negra estaba tejiendo su tela de araña alrededor de ella. Alargando sus brazos volvió a gritarle de nuevo las palabras penetrantes que ella no comprendía, debilitadas por el viento como el grito de un ave marina: ¡Staak! ¡Staak! El rugido en sus oídos era más fuerte, y ella se agachó en la arena.
