Entonces, de pronto, oyó una voz clara y tranquila que le gritaba:

—¡Corre! ¡Levántate y corre! ¡A la isla, ahora, rápido!

Y antes de que ella se diera cuenta, se puso de pie y echó a correr. La voz tranquila siguió hablándole para guiarla. Sin verlas, sollozando para recobrar el aliento, llegó a las escaleras negras talladas en la roca y empezó a subir por ellas con torpeza. En un recodo, una figura negra salió a su encuentro. Ella alzó su mano y fue medio conducida, medio arrastrada, más arriba de la escalera, y luego la soltaron. Cayó contra la pared, porque sus piernas ya no la sostenían. La figura negra la agarró, la ayudó a ponerse de pie, y le habló con voz alta, con aquella misma voz que antes había penetrado en su cerebro:

—Mira —le dijo—. Ahí viene.

Las aguas chocaron y bulleron bajo ellos con un rugido que hizo estremecer la sólida roca. Las aguas separadas por la isla se unieron rugientes, barrieron, silbaron y espumaron, chocando en la larga ladera que descendía a las dunas, y al final se aquietaron en un mecido de olas brillantes.

Rolery seguía cogida a la pared, temblando. No podía evitar aquellos temblores.

—La marea sube aquí un poco más rápida que un hombre corriendo —dijo la voz tranquila tras ella—. Y cuando sube, tiene unos seis metros de profundidad alrededor del Rimero. Sube por aquí… Por eso vivíamos allí en otras épocas, ¿ves? La mitad del tiempo es una isla. Servía para atraer a un ejército enemigo hasta las arenas justo antes de que la marea subiera, en el caso de que no entendiera mucho de mareas… ¿Te encuentras bien?

Rolery se encogió de hombros levemente. Él no pareció comprender el gesto, así que ella le dijo:



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