Volvió a cruzar el dormitorio, apuntó el mando al espejo y apretó el único botón rojo, situado en la parte inferior. En cualquier otro mando, esta acción correspondía a grabación. En cambio, esta noche y aquí significaba que el banco abría las puertas para un único y muy afortunado cliente.

Luther observó la apertura de la puerta, que giró sin ruido sobre los goznes, que no necesitaban mantenimiento. Por puro hábito dejó el mando en el mismo lugar donde lo había cogido, sacó una bolsa de la mochila y entró en la caja fuerte.

Mientras alumbraba el interior de la cámara acorazada que media casi dos metros por dos le sorprendió ver un sillón en el centro. En uno de los brazos había otro mando a distancia, una medida de seguridad por si alguien se quedaba encerrado por accidente. Entonces se fijó en las estanterías.

Primero metió en la bolsa los fajos de billetes, después el contenido de las cajas que a todas luces no eran joyas de fantasía. Luther contó casi doscientos mil dólares en bonos negociables, dos cajas pequeñas de monedas antiguas y otra de sellos de correo, incluido uno con una figura invertida que le dejó sin aliento cuando lo vio. No hizo caso de los cheques y las cajas llenas de documentos; para él no tenían ningún valor. En total había recogido un botín de unos dos millones de dólares, quizá más.

Echó otra ojeada, por si acaso se le hubiese pasado algo por alto. Las paredes eran gruesas, supuso que a prueba de incendios. El lugar no era estanco; el aire era fresco, no rancio. Cualquiera podía quedarse encerrado aquí durante días.


La limusina circulaba a gran velocidad por el camino, escoltada por una furgoneta. Los conductores de los vehículos debían ser muy expertos dado que no llevaban los faros encendidos.

En la parte de atrás de la limusina se sentaban un hombre y dos mujeres. Una, casi borracha, hacía todo lo posible por desvestir al hombre y a sí misma, a pesar de la suave resistencia que oponía la víctima.



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