
La otra mujer sentada delante de la pareja mantenía los labios apretados y hacía ver que no tenía ningún interés en aquel espectáculo ridículo, que incluía muchas risitas infantiles y abundantes jadeos, aunque en realidad no, se perdía detalle. Mantenía la mirada en la agenda abierta sobre la falda, donde las citas y las notas peleaban entre sí por el espacio y la atención del hombre que tenía delante. Él, por su parte, aprovechó la oportunidad de que su pareja se estaba quitando los zapatos de tacón alto para servirse otra copa. Su resistencia al alcohol era legendaria. Podía beber el doble de lo que había bebido esta noche y seguir tan fresco, sin impedimentos en el habla ni en las funciones motoras, algo fatal para un hombre en su posición.
Ella le admiraba por ser como era, con sus obsesiones y sus vulgaridades, al tiempo que era capaz de proyectar una imagen al mundo de fuerza y pureza, incluso de grandeza. Lo adoraban todas las mujeres de América, estaban enamoradas de su gallardía, de su seguridad, y también por lo que representaba para cada una de ellas. Y él devolvía esa admiración universal con una pasión que, aunque equivocada, no dejaba de asombrarle.
Por desgracia, esa pasión nunca apuntaba hacia ella a pesar de los sutiles mensajes, los roces prolongados más allá de lo debido, las referencias sexuales en las sesiones de estrategia y las maniobras que hacía por las mañanas para que él la viera con su mejor aspecto.
Pero hasta que llegara ese momento -y no dejaba de repetirse que acabaría por llegar- debía tener paciencia.
Miró a través de la ventanilla. Esto se prolongaba demasiado; estropeaba todo lo demás. Hizo una mueca de disgusto.
Luther oyó la entrada de los vehículos en el camino de la casa. Corrió hasta una de las ventanas y observó el recorrido de la furgoneta que aparcó detrás de la casa donde quedaba oculta de las miradas. Vio bajar a cuatro personas de la limusina y otra de la furgoneta.
