
Pensó rápidamente mientras le llegaban los ruidos, al parecer desde la parte de atrás de la casa. Sólo tardó un segundo en advertir que le habían cortado la retirada y en calcular cuál sería el plan a seguir.
Cogió la bolsa, corrió hacia el panel del sistema de seguridad instalado junto a la puerta del dormitorio y activó la alarma. Agradeció en silencio su buena memoria para los números. Después, Luther entró en la cámara acorazada, y cerró la puerta con mucho cuidado. Se acurrucó todo lo que pudo. Ahora sólo le quedaba esperar.
Maldijo su mala suerte: hasta ahora todo había ido sobre ruedas. Sacudió la cabeza para despejarse y se forzó a respirar con normalidad. Era como volar. Cuanto más se vuela, mayores son las probabilidades de que ocurra algo malo. Ahora no podía hacer más que rogar para que los recién llegados no necesitaran hacer un depósito en este banco privado.
Unas risas seguidas por el ruido de voces se colaron al interior, seguidas por los pitidos agudos del sistema de alarma, que sonaba como el aullido de un avión a reacción directamente encima de su cabeza. Al parecer, se habían confundido al teclear el código de seguridad. El sudor corrió por la frente de Luther que ya se imaginaba el sonido de la alarma y la llegada de la policía dispuesta a revisar cada rincón de la casa sólo por si acaso, empezando por su escondite.
Se preguntó cuál seria su reacción mientras escuchaba cómo se abría la puerta, y la cámara iluminada, sin ninguna posibilidad de ocultarse. Los rostros desconocidos mirando el interior, las armas preparadas, la lectura de sus derechos. Casi se echó a reír. Atrapado como una maldita rata, sin un lugar a donde ir. No fumaba desde hacía treinta años, pero ahora ansiaba un cigarrillo. Dejó la bolsa en el suelo y se irguió poco a poco para que no se le entumecieran las piernas.
