
Pisadas fuertes en las escaleras de roble. Los visitantes no se preocupaban de disimular su presencia. Luther contó cuatro, quizá cinco. Torcieron a la izquierda y vinieron hacia él.
La puerta del dormitorio chirrió un poco cuando la abrieron. Luther hizo memoria. Lo había recogido todo y lo había dejado otra vez en su sitio. Sólo había tocado los mandos a distancia, y los había puesto en el espacio marcado por la leve capa de polvo. Ahora Luther sólo escuchaba tres voces, un hombre y dos mujeres. Una de las mujeres tenía voz de borracha, la otra muy seria. Entonces desapareció la señora Seria, se cerró la puerta pero no echaron la llave, y la señora Borracha y el hombre se quedaron solos. ¿Dónde estaban los demás? ¿Dónde había ido la señora Seria? Continuaron las risas. Los pasos se acercaron al espejo. Luther se agachó en un rincón y confió en que el sillón le ocultara de la vista, aunque sabía que no era posible.
Entonces la luz le hirió en los ojos y casi gritó ante la rapidez conque su pequeño mundo pasó de la oscuridad total a la luz del mediodía. Parpadeó varias veces para ajustarse al cambio, las pupilas dilatadas al máximo se cerraron hasta quedar como cabezas de alfileres. Pero no se escucharon gritos, no se vieron rostros desconocidos ni armas.
Por fin, después de un minuto que le pareció eterno, Luther espió por encima del respaldo del sillón y se llevó otra sorpresa. La puerta de la cámara había desaparecido; veía directamente la maldita habitación. Casi se cayó de espaldas, pero se contuvo. De pronto Luther comprendió para qué servía el sillón.
