
Reconoció a las dos personas en el dormitorio. A la mujer la había visto esta noche, en las fotos: la mujercita que se vestía como una puta.
Al hombre le conocía por una razón muy diferente; desde luego, no era el dueño de esta casa. Luther meneó la cabeza asombrado y soltó el aliento. Le temblaban las manos y le dominó la inquietud. Hizo un esfuerzo para vencer las náuseas y miró el dormitorio.
La puerta de la cámara acorazada también servía de espejo en una sola dirección. Con la luz exterior y la oscuridad en el pequeño recinto, tenía la impresión de estar delante de una gigantesca pantalla de televisión.
Entonces lo vio y una vez más se sintió lleno de angustia; el collar de diamantes en el cuello de la mujer. Su ojo de experto calculó el valor en unos doscientos mil dólares, quizá más. La clase de chuchería que cualquiera guarda en la caja fuerte antes de irse a dormir. Después se relajó al ver que la mujer se quitaba el collar y lo dejaba caer al suelo.
Poco a poco perdió el miedo, se levantó y se instaló en el sillón. Así que el viejo se sentaba aquí y miraba cómo se follaban a la mujercita una legión de tíos. Por la pinta de la mujer, Luther supuso que entre los voluntarios figuraban jóvenes que no tenían ni para comer o que sólo la tarjeta verde les permitía estar en libertad. Pero el visitante de esta noche era un caballero de otra clase.
Luther miró a su alrededor, los oídos atentos a cualquier ruido de los otros visitantes. Pero ¿qué podía hacer? En treinta años de profesión, nunca se había encontrado con nada parecido. Decidió hacer la única cosa a su alcance. Con un par de centímetros de vidrio entre él y el desastre, se arrellanó en el sillón de cuero y esperó.
2
A tres manzanas de la gran mole blanca del Capitolio de los Estados Unidos, Jack Graham abrió la puerta de su apartamento, tiró el abrigo al suelo y se dirigió al frigorífico sin perder un segundo.
