Los ciudadanos de este vasto estado histórico eran en su gran mayoría personas temerosas de Dios, y la religión, basada en la idea de la igualdad de la retribución, exigía con firmeza el pago definitivo. La mancomunidad era la tercera en condenas a muerte, y los líderes, Texas y Florida, compartían los sentimientos morales de la hermana sureña. Pero no por robo; incluso los buenos virginianos tenían un límite.

Sin embargo, a pesar del riesgo, era incapaz de apartar la mirada de la casa, aunque lo correcto era calificarla de mansión. Le había fascinado durante meses. Esta noche se acabaría la fascinación.

Middleton. Virginia. Un viaje de cuarenta y cinco minutos en coche en dirección oeste por una carretera recta como una flecha desde Washington, D. C., Región de grandes fincas, coches Jaguar, y caballos cuyos precios eran suficientes para alimentar a los inquilinos de un edificio de pisos en el centro de la ciudad durante un año. Las casas en esta zona disponían de terrenos tan grandes y de tanto esplendor como para merecer nombre propio. La ironía del nombre de su objetivo, Coppers [polizones (N. del T.)], no le pasó inadvertida.

La descarga de adrenalina que acompañaba cada trabajo era insuperable. Imaginaba que se parecía en algo a lo que sentía el bateador mientras trotaba despreocupado de base en base, tomándose todo el tiempo del mundo, después de que la pelota acabara de aterrizar fuera del estadio. La multitud de pie, cincuenta mil pares de ojos clavados en un solo ser humano, todo el aire del mundo concentrado en un solo lugar, y de pronto desplazado por el arco de un glorioso golpe de bate.

Luther echó una larga ojeada al terreno. Su mirada aguda sólo vio alguna que otra luciérnaga, nada más. Escuchó por un momento el canto de las cigarras y después el coro se convirtió en un ruido de fondo, tan omnipresente para toda persona que acostumbraba a vivir en la zona.



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