Arrancó otra vez, condujo el coche unos metros más por la carretera a oscuras y entró marcha atrás por un sendero de tierra que acababa en un bosquecillo de árboles muy altos y gruesos. Se cubría el pelo canoso con una gorra de esquí negra. Llevaba el rostro curtido pintado de negro con crema de camuflaje; los ojos verdes brillaban por encima de una mandíbula firme y fuerte como la roca. La carne que cubría su esqueleto enjuto se mantenía tan firme como siempre. Parecía el comando que había sido una vez. Luther se apeó del coche.

En cuclillas detrás de un árbol espió el objetivo. Coppers, como muchas otras fincas rurales que no eran explotaciones agrícolas o cuadras, tenía un gran portón de hierro forjado entre dos columnas de ladrillos, pero carecía de cercado. Se podía acceder a la propiedad directamente desde la carretera o los bosques cercanos. Luther entró desde el bosque.

Tardó dos minutos en llegar al límite del maizal adyacente a la casa. Era obvio que el dueño no necesitaba cultivar verduras, pero al parecer había adoptado a fondo el papel de caballero rural. Luther no tenía motivos de queja, ya que le facilitaba un atajo oculto casi hasta la puerta.

Esperó un momento y después desapareció en la espesura del maizal.

El suelo estaba casi limpio y las zapatillas no hacían ningún ruido, algo muy importante, porque aquí cualquier sonido llegaba muy lejos. Mantuvo la vista al frente; los pies, después de mucha práctica, escogían con gran cuidado el camino entre las hileras, y compensaban las pequeñas diferencias del terreno. El aire de la noche era fresco después del calor sofocante de otro verano de agobio, pero no lo suficiente para transformar el aliento en nubecillas de vapor que podían ser vistas de lejos por ojos inquietos o insomnes.

Luther había cronometrado esta operación varias veces durante el mes pasado, y siempre se había detenido en el borde del maizal antes de entrar en el prado y pasar a la tierra de nadie. Había repasado centenares de veces cada uno de los detalles hasta que el guión exacto de cada movimiento, pausa y nuevo movimiento se había grabado en su mente y en sus músculos.



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