– Eh, no tienes por qué pensar así de John. Olvídate de él. Mira, Nicole…

– Sí, puedo olvidarme de John, pero aún queda Rafe. Lo malo es que se niega a hablar de su vida privada. Ya sabes cómo Wilma coquetea con él, en vano. Pero es un hombre muy atractivo, y…

– Olvídate también de Rafe. Nicole…

– No tiene sentido que incluya a Wilma, porque ella no ha podido dejarme embarazada -siguió diciendo Nicole en un baldío intento de bromear-. Debo saber quién es. Me resulta tan frustrante no recordar nada. Estoy tan asqueada y avergonzada de mí misma…

– Nicole -dijo Mitch por tercera vez, lo bastante alto como para llamar su atención.

– ¿Qué?

– Puedes dejar de pensar en los demás muchachos. No fue ninguno de ellos. Fui yo. Yo soy el padre de tu hijo.

Capítulo Dos

– ¡Oh, no! ¡Tú no puedes ser el padre, Mitch! ¡No es posible!

Mitch ni se inmutó, aunque no fue por falta de ganas. Nik no se daba cuenta, pero estaba tan trastornado como ella. Obviamente, era consciente del riesgo que habían corrido al hacer el amor aquella noche, pero la experiencia no parecía haber tenido repercusión alguna hasta ahora. Que Nicole se mostrara incrédula ante su confesión ya era bastante malo; para colmo, permaneció hundida en la silla del despacho como si careciera de la fuerza necesaria para digerir semejante noticia.

Mitch jamás había sentido tan vulnerado su ego masculino.

Recordaba un tiempo ya lejano en que parecía caerles en gracia a las mujeres. Una incluso llegó a decirle que era un amante creativamente inspirado. Varias lo habían perseguido sin piedad. Por sorprendente que le pareciera ahora, jamás había recibido una queja sobre su pericia o su talento bajo las sábanas. Nik había sido la primera mujer en bloquear el recuerdo de haberse acostado con él. La primera que parecía horrorizada por el hecho de haberlo tenido en su cama.

La carta de renuncia que aún tenía en el bolsillo carecía ya de sentido, pues la presencia de un futuro hijo cambiaba por completo la situación. Había decidido alejarse para siempre de Nicole, distanciarse de la tentación a la que lo sometía su proximidad.



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