Permaneció inmóvil unos segundos más, observando la casa. El edificio constaba de dos plantas, con artesonado de madera que acusaba las inclemencias del tiempo. Un porche techado circundaba la planta baja, y el jardín aparecía salpicado de arbustos ornamentales a la sombra de un viejo y nudoso ciprés. Las escaleras que descendían hasta la playa estaban construidas con tablones ya desvencijados.

Quizá un artista había diseñado todo el conjunto, pues poseía un toque indudablemente bohemio. Y Mitch se había enamorado de él nada más verlo. Parecía hecho a la medida de Nik. La casa contenía el espíritu romántico, libre y salvaje que Mitch siempre había intuido en ella.

La puerta principal se abrió de golpe.

– ¿Mitch? Me pareció oír el coche. Pasa, por favor.

Mitch no quería entrar. Lo que deseaba hacer, de serle posible, era soltar la bolsa de comida, abrazar a Nicole y besarla hasta robarle el sentido. El simple hecho de mirarla hacía que sus hormonas se alborotaran y aullaran como un lobo solitario en celo.

El viento había esparcido las nubes de la tarde, y el cielo se veía claro como el cristal. El cabello de Nicole reflejaba la flama del ocaso, y su piel emitía una suerte de luminiscencia suave y sensual.

Pese a todo, Mitch luchó por serenarse. Besarla hasta robarle el sentido era una idea muy sugestiva, pero podía llevar fácilmente a un desenlace desastroso. Mientras se acercaba a la casa, descubrió que tenían un nuevo e interesante problema.

– Más vale que tengas hambre. Traigo suficiente comida china para alimentar a un ejército.

– Ya lo veo -repuso ella con desenfado. Rápidamente tomó la bolsa de comida cuando Mitch llegó a las escaleras. Lo miró a los ojos y luego apartó con presteza la mirada. Nicole no era de las que temían mirar a una persona a los ojos. Sería capaz de enfrentarse a un tigre sin titubear.



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