De modo que había estado reflexionando, se dijo Mitch. Quizá siguiera sin recordar nada de aquella noche, pero ahora parecía verlo desde una perspectiva muy diferente. A sus ojos, había pasado de ser un empleado amable, capaz y solícito a convertirse en un enigmático amante.

A Mitch le gustaba aquel cambio. El estado nervioso de Nicole contribuía a equilibrar la balanza. Él había sufrido a solas una tensión sexual casi insoportable durante meses, cuando Dios sabía que estaba más que dispuesto a compartirla.

– Si me dices dónde están los platos, te ayudaré a servir la cena -propuso.

– No hace falta que me ayudes. Sólo tardaré un minuto. ¿Te apetece una copa antes?

– Sí, un vaso de agua. Yo mismo me lo serviré. No sugerí que cenáramos juntos para que fueras mi camarera, Nik. Se supone que debía servir para relajarte.

Se sentaron a comer en la cocina, alicatada de azul. Él la observó mientras probaba el rollito de primavera y la salsa agridulce. Ella bebió agua más que comió, mientras llevaba el cauce de la conversación por derroteros relacionados con la política y la religión… temas interesantes, pero que nada tenían que ver con lo que en realidad ocupaba el pensamiento de ambos. A Mitch no le importó que Nicole divagara. Sabía que necesitaba tiempo para relajarse. De repente, ella soltó el tenedor.

– Así no hacemos nada -dijo con impaciencia.

– ¿A qué te refieres?

– Estamos evitando el tema de los hijos como si fuera algo prohibido. Y yo tengo la culpa. No es que no quiera hablar de ello. Todo lo contrario. Pero no sé qué decir, cómo empezar…

– No debes culparte de nada. Te sientes incómoda conmigo…

– No, en absoluto. Llevamos meses trabajando juntos, por el amor de Dios. Hasta hemos discutido como viejos amigos. Jamás hemos tenido dificultades para entendernos.



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