
Pero ahora existía una diferencia, pensó Mitch, y era que Nicole lo veía como un amante y no como un empleado.
Retiró la silla y sugirió:
– ¿Qué tal si intentamos charlar dando un paseo por la playa?
Los ojos de Nicole se iluminaron de inmediato.
– Sí. Me sentará bien el aire fresco -no obstante, bajó la mirada y echó un vistazo a su traje de calle.
– Yo fregaré los platos. Así tendrás tiempo para ponerte algo más cómodo y abrigado -dijo él.
– No tienes por qué fregar…
– No es nada, Nik. Adelante, ve a cambiarte.
Ella titubeó, pero luego accedió y desapareció escaleras arriba. Mitch acabó de fregar en un par de minutos y a continuación se paseó por la sala de estar. La noche de la fiesta, el interior de la casa lo había fascinado tanto como el exterior… pero por motivos completamente distintos.
La escalera conducía a los tres dormitorios y los dos aseos del piso superior. En la planta baja, la puerta principal daba directamente a un enorme salón con grandes ventanales con vistas al mar. Además de la cocina, había una sala de estar y un solario orientados hacia el este.
El trazado de la casa era excelente… pero era la decoración lo que desconcertaba a Mitch. Nicole tenía un talento innegable para el diseño de interiores, pero la decoración de su propio hogar era increíblemente horrible. Sin duda había invertido tiempo y dinero en ella, pero el estilo era austeramente minimalista… tonos neutros; alfombra, tapicerías y moquetas marrones; muebles funcionales; en definitiva, una ausencia absoluta de color y de creatividad. Algo que no iba con el carácter de Nik. La sala de estar le hizo pensar en un alma atrapada. Inquieto, Mitch revolvió las monedas que llevaba en el bolsillo, pensando en que, de no haber visto el otro lado de Nicole, no tendría el problema de estar enamorado como un tonto de ella.
Pero lo había visto.
