
Mitch oyó un ruido de pisadas. Se dio media vuelta y vio a Nicole bajando las escaleras, vestida con unos pantalones vaqueros y un jersey negro muy ancho y suelto.
– Que me aspen -murmuró-. ¿Quién hubiera imaginado que tienes prendas sin cuello? Estoy impresionado.
– Nada de bromas. Es un jersey sagrado para mí -dijo ella con desenfado.
– Comprendo. Yo tengo una camiseta sagrada de cuando jugaba al baloncesto en la universidad. Cuando mi padre enfermó, hace unos años, me presenté en el hospital con la camiseta. Mi madre se enfadó mucho, pero a mí no me importó. Deseaba darle suerte a mi padre.
Una sonrisa asomó a los ojos de Nicole, pero enseguida ladeó la cabeza.
– ¿Cómo está tu padre ahora?
– Sano como un caballo. ¿Preparada para salir?
– Sí, pero… no estoy segura de que sea una buena idea. Aún llevas los zapatos del trabajo. Temo que se estropeen en la playa. Y hace fresco… Podría dejarte una chaqueta, pero no creo que ninguna de las mías te quede bien.
Mitch pensó que sería una tarea ardua enseñarle a ser un poco egoísta. Como de costumbre, y a pesar de las circunstancias, Nicole sólo se preocupaba por él, y no por sí misma.
– Estos zapatos ya han visto arena otras veces. Y tengo una chaqueta de lana en el coche. La recogeré cuando salgamos.
– Muy bien. Entonces, vamos.
Fuera, el cielo se había oscurecido hasta adquirir un aterciopelado tono azul oscuro. La emergente luna les iluminó los pasos. Mitch recogió la chaqueta de lana y se la abrochó hasta el cuello, sintiendo en los pulmones el vigorizante aire salado. La espuma de las olas lamía la arena, dejando tras de sí una estela como de nieve. En la oscuridad, entre las escarpadas rocas y los grandes riscos que sobresalían del agua, ambos parecían los juguetes de un gigante.
