
Mitch se ajustó al paso de Nicole, ligero por naturaleza. Pasearon en silencio durante un rato, saboreando la magia del mar, de la noche, del aire fresco. Mientras caminaba al lado de Nicole, Mitch apreció su pequeña estatura, consciente de cómo los ceñidos vaqueros mostraban la forma de sus esbeltas piernas; consciente de las miradas furtivas que ella le lanzaba de tanto en tanto.
– Antes vivía en Seattle -dijo al fin.
– Lo sé. Recuerdo el dato de tu currículo. Trabajabas como arquitecto en una firma llamada Strickland's.
– Sí, trabajaba allí como arquitecto. Lo que no mencioné en mi currículo es que la empresa era mía.
Nicole ladeó el rostro y enarcó las cejas inquisitivamente.
– ¿Por qué no lo dijiste?
– Cuando empecé a buscar trabajo, recibí una serie de negativas. Sobre el papel, estaba sobrevalorado y cualificado en exceso. No conseguía que nadie creyera que realmente me interesara en el trabajo que se ofrecía.
– Debe de haber algo más en toda esa historia -instó ella.
– Sí, lo hay -Mitch agarró una piedra lisa y la lanzó al agua. Dio tres saltos antes de hundirse. Había perdido práctica-. Provengo de una larga familia de triunfadores. Mi padre, mi madre y mis dos hermanos lograron abrirse un exitoso hueco en el mundo de los negocios. Mi padre solía decir que yo tenía un talento especial para convertir un centavo en un dólar… y que por eso estaba orgulloso de mí. Empecé a invertir en acciones cuando tenía catorce años, y a los veinticuatro ya poseía la mayor parte de Strickland's. Naturalmente, la empresa pasaba por un momento más bien bajo, y cualquiera podría haberla adquirido con facilidad. Era tan joven y tan tonto que no sabía en lo que me estaba metiendo. En fin, cuando la vendí, hace dos años, Strickland's había pasado de ser una empresa con unos cuantos empleados a una compañía fuerte con una plantilla de más de sesenta miembros. Y ganábamos dinero a manos llenas.
