
– Pero creí que tú también lo sabías, Nik. Lo increíblemente maravillosa que fue aquella noche. La química que surgió entre ambos. Para serte sincero, ni siquiera pensé en el riesgo de que quedaras embarazada. Nunca esperé que una pasión semejante pudiera estallar entre nosotros.
Nicole se notó la garganta seca. Otra vez volvía a surgir el asunto del sexo. Y no de un sexo normal, sino de un sexo increíble. Creía firmemente en las palabras de Mitch. Confiaba en su integridad. Y, a decir verdad, podía imaginarlo generando un estallido de pasión como amante. Pero nunca le había ocurrido algo ni remotamente parecido a lo que él describía.
Quizá hubiera escogido el celibato en los últimos años, pero no era virgen. Sus primeros escarceos sexuales, sin embargo, databan de su época de adolescente temeraria y rebelde. Siempre quiso explorar los placeres del sexo con el hombre adecuado, pero tenía muchos errores que expiar y enmendar, de modo que se concentró en otros aspectos de su nueva vida. Había encerrado su libido en una suerte de trastero mental.
O eso había creído.
– ¿Te sientes incómoda hablando de esto? -inquirió Mitch.
– Que me sienta incómoda o no es lo de menos. Necesitaba saber la verdad -pero ahora apenas podía mirarlo sin sentirse invadida por un calor casi sofocante.
– Sí, estoy de acuerdo. Conocer lo sucedido es indispensable para que decidas lo que deseas hacer. Y hemos venido a hablar de eso, ¿verdad?
– ¿De sexo? -maldición. La palabra escapó de sus labios porque, sin duda, ocupaba un lugar destacado en su mente.
Pero Mitch se limitó a responder con una sonrisa lenta y provocativa.
– Eh, siempre estoy dispuesto a hablar de sexo… pero creía que deseabas hablar de los hijos.
