Lo de soltarse el pelo nunca había sido una buena idea. Nunca. Nicole tenía tras de sí una larga historia que deseaba ver muerta y bien enterrada. Sus empleados la respetaban, y ella había hecho lo posible para ganarse ese respeto. Aparte de eso, no toleraba bien el alcohol… como había aprendido por las malas años antes.

Pero, de repente, Nicole recordó que alguien le puso una copa de champán en la mano aquella noche. Una como mínimo. Posiblemente dos.

Cielo santo, ¿habría tomado tres?

De pronto, comprendió que aquella parte de la velada era la que aparecía oscura como una gruta en su memoria. El detalle no le hubiera importado en otras circunstancias. Pero, tras la noticia de su embarazo, todo adquiría una importancia fundamental.

Inquieta, se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta abierta. Cada empleado disponía de un despacho individual, pero el área central estaba equipada de mesas, tableros de dibujo y un aparato de vídeo. Diseñar modelos y bosquejos requería espacio, y a menudo todo el personal colaboraba en la concepción de algún que otro proyecto.

John estaba arrellanado, con los pies encima de la mesa, trabajando en un bloc de notas colocado en el regazo. Desde la puerta, Nicole alcanzó a ver la lisa superficie de su cabeza, su corbata de Mickey Mouse, las arrugas de concentración que fruncían su entrecejo. John se encargaba de la publicidad y el marketing. Tenía cuarenta y dos años, barriga incipiente, y era magnífico en su trabajo. Nicole temió que jamás superase la depresión cuando su mujer lo dejó hacía un año. Lo estimaba muchísimo, y sabía que haría cualquier cosa por él si fuese necesario. Era como un hermano para ella. De modo que no se imaginaba a sí misma acostada con John, aunque se hubiera tomado una bodega entera de champán.

Rafe pasó andando con una taza de café recién hecho y tomó asiento frente a un tablero de dibujo. Tenía treinta y cuatro años, estaba soltero, y en un principio Nicole había estado a punto de no contratarlo.



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