
– Ésa no es la cuestión. Me has manipulado para salirte con la tuya.
– Aja. Pégame un tiro, si quieres. Pero, sinceramente, ¿crees que tomarte el día libre va a matarte? Te encuentras mal. Te duele la cabeza. Tienes el traje manchado de sangre, una carrera en la media y el cabello hecho unos zorros. Y ni siquiera son las diez. Si tengo que sobornarte, de acuerdo. Te alquilaré una película picante.
Nicole no quería sonreír, pero las comisuras de sus labios se arquearon sin poder evitarlo. Empezaba a debilitarse. Al cabo de quince minutos, Mitch le había aplicado un poco de antiséptico, había recogido sus papeles en un maletín e instalado a Nik en el asiento del pasajero de su Miata. Ella seguía protestando obstinadamente, sobre todo por el hecho de que se dirigieran a casa de Mitch en vez de a la suya, pero parecía consciente de sentirse más débil que un gatito. Casi antes de que se pusieran en marcha, sus párpados se cerraron repentinamente.
Durmió durante los veinte minutos del trayecto. Mitch, por su parte, se sentía preocupado. Preocupado por la cuestión del sexo.
Algunas de las cosas que le había contado a Nicole sobre la noche de la fiesta eran ciertas. Habían hablado, sí. Y habían hecho el amor. Hacer el amor con ella había sido una experiencia increíble e imborrable.
Sólo había un pequeño detalle que Mitch se había inventado: en realidad, Nicole no se mostró tan «salvaje» y «desinhibida» como él había afirmado. Alguna experiencia dolorosa le había dejado profundas cicatrices. Mitch siempre lo había presentido. Nik era demasiado hermosa, demasiado vibrante, para negarse a sí misma una vida afectiva a menos que el miedo constituyera un factor predominante. El embarazo le había dado la oportunidad de demostrarle que siempre estaría a su lado, junto a ella. ¿Acaso no era lógico? El futuro de ambos estaba en juego. Al igual que el futuro del niño.
