
Pero el asunto del sexo seguía inquietándolo. Quizá el hecho de que Nicole hubiera olvidado lo ocurrido aquella noche significaba que él carecía de la habilidad o la pericia necesarias para complacerla sexualmente…
Nicole se removió en el asiento mientras Mitch detenía el coche. Sus somnolientos ojos se entornaron para contemplar el panorama.
– Ésta no es mi casa -protestó.
– Te llevaré a tu casa. Prometido. Pero tendrás que echarte en mi sofá hasta que me convenza de que te encuentras bien.
– En este país hay leyes que condenan el secuestro.
– Aja. Aprovecha y obtén un almuerzo gratis antes de que me detengan. ¿Tienes hambre? ¿Te apetece algo de sopa? ¿Pan tostado?
– Cangrejo.
– Cangrejo -repitió él en tono neutro.
Ella soltó una risita.
– Sólo estaba bromeando, Mitch… No quiero nada, de verdad. Ojalá me hubiera dado cuenta antes de que éstos eran los síntomas de un embarazo. A veces, tengo el estómago tan revuelto que apenas puedo pensar. Y a los pocos minutos me pongo a soñar despierta con patas de cangrejo untadas con mantequilla.
– ¿Eso significa que empiezas a sentirte mejor?
– Lo bastante como para permitirme fisgonear un poco. Diablos, nunca imaginé cómo sería tu casa. ¿La diseñaste tú?
Mitch observó cómo se apeaba del automóvil. Sus movimientos no eran tan firmes como deseaba aparentar, pero, al menos, su curiosidad femenina venció momentáneamente su reluctancia a estar allí.
– Sí, hasta cierto punto. Por suerte, descubrí a tiempo que para un arquitecto es un error ponerse a discutir con una montaña. El contorno de ese risco condicionó en gran medida el diseño. ¿Te gusta?
– ¿Qué es eso? ¿Falsa modestia? Estoy impresionada.
– Es pequeña. Y no tiene vistas al océano, como la tuya -Mitch se sintió bien al sentir a Nicole a su lado. La brisa mecía su falda y le imprimía algo de color en las mejillas. Más abajo, cubriendo la escarpada ladera, había un denso bosque de abetos. Era tan raro encontrar un conjunto virgen de aquellos magníficos gigantes, que Mitch se había enamorado del terreno nada más verlo.
