
La mirada de Nicole se clavó en su espalda durante varios segundos más. Sí, era muy atractivo. Y las hormonas de cualquiera podían verse agitadas por el alcohol. Pero, a diferencia de sus compañeros, Rafe nunca hablaba de su vida privada. Reconocía abiertamente haber perdido un trabajo anterior por mezclar los negocios con el placer, y se negaba a cometer de nuevo semejante error. Jamás le había contado un chiste salido de tono, ni la había mirado de forma inconveniente. Aunque se sintiera atraído por ella, Nicole no imaginaba que pudiera cortejarla. Era sencillamente imposible. No podía haber ocurrido.
Wilma pasó como un rayo con un montón de folios en las manos, deteniéndose brevemente para posarle a John un beso en la coronilla. Tenía veintiocho años, castaña, con una figura impresionante una naturaleza incurable de coqueta. Se mostraba cariñosa con sus compañeros y les hablaba de su exuberante vida amorosa cada mañana, mientras tomaban café, como si de un ritual se tratara. Ellos absorbían cada delirante detalle. Nicole jamás había intentado pararle los pies. Wilma se encargaba de la oficina y de la contabilidad.
Ya sólo quedaba Mitch… el único miembro del personal al que Nicole no podía ver desde la puerta, aunque sí oía cómo le gritaba a Rafe con su inconfundible voz de barítono. Mitch tenía treinta y dos años, igual que ella. Los muchachos le llamaban «Largo», porque medía casi un metro noventa. Tenía el cabello rubio como la arena y los ojos de un azul más intenso que el del cielo.
