
Mitch era el fichaje más reciente de la empresa. Nicole lo había contratado hacía tan sólo seis meses. Originalmente, Janice había sido el arquitecto de la casa, y había realizado tan buen trabajo que su marcha a Nueva York dejó un hueco difícil de llenar. El historial de Mitch, sin embargo, era superior incluso al de su antecesora.
Tenía la virtud especial de llevarse bien con todo el mundo. Jamás perdía la paciencia y había sabido resolver más de una situación difícil que había amilanado a los demás. Toda la plantilla lo adoraba. Igual que la propia Nicole. Además, Mitch era prácticamente irreemplazable. Por ese motivo, Nicole jamás se arriesgaría a tocarle un solo pelo de la cabeza. Además, lo había oído hablar de cierta amiga íntima. Muy íntima. Nicole no recordaba su nombre… ¿Susan, quizá? Fuera como fuese, Mitch ya tenía una relación, y a Nicole ni se le ocurriría invadir el terreno de otra mujer… Lo cual significaba que las posibilidades de que se hubiera acostado con Mitch eran nulas.
Bruscamente, se llevó una mano protectora al vientre. Tenía el estómago muy revuelto y el corazón empezaba a latirle con ansiedad. Debía hacer un esfuerzo por calmarse. Dándoles vueltas a aquellos pensamientos no llegaría a ninguna parte.
Cada camino mental desembocaba en el mismo sitio. Los únicos hombres de su vida eran los muchachos de la oficina. Sólo podía haber sucedido la noche de la fiesta. Pero una mujer no olvidaba fácilmente una sesión de amor con un hombre. Además, al día siguiente había amanecido en su cama, sola.
Nicole siguió intentando sumar dos y dos, pero el resultado se negaba a ser cuatro.
No podía estar embarazada.
Pero lo estaba.
– ¿Nicole? ¿Tienes un momento?
Mitch Landers llevaba toda la tarde esperando la oportunidad de hablar con su jefa a solas. El sobre que llevaba en la mano contenía una carta de renuncia. No esperaba que aquélla fuese una conversación fácil, por eso la había pospuesto durante días.
