Webberly no le hizo caso.

– Al DIC de Cambridge no le hace ninguna gracia la situación. Es su terreno. Prefieren encargarse del caso. Por lo tanto, quien vaya no espere ser recibido al son de tambores y trompetas. He hablado unos minutos con su superintendente, un tipo llamado Sheehan…


Parece una persona decente, y colaborará. Se ha dado cuenta de que la universidad considera la situación dividida entre ciudadanos y universitarios y le disgusta la idea de que puedan acusar a sus hombres de tener prejuicios contra los estudiantes. Por otro lado, sabe que, sin la colaboración de la universidad, cualquier hombre que envíe se pasará los seis meses siguientes removiendo serrín para encontrar arena.

El sonido de sus ligeros pasos precedió a Harriman. Entregó a Webberly varias hojas de papel en cuya parte superior estaban impresas las palabras «Policía del Cambridgeshire», y en la esquina derecha una corona sobre una divisa. La mujer frunció el ceño al observar la colección de vasos de plástico y ceniceros malolientes diseminados entre carpetas y documentos. Emitió un bufido de disgusto, tiró los vasos a la papelera situada junto a la puerta y se llevó los ceniceros, con el brazo extendido en toda su longitud.

Mientras Webberly leía el informe, comunicó a sus hombres la información pertinente.

– De momento, poca cosa -dijo-. Veinte años. Elena Weaver.

Pronunció el nombre de la muchacha al estilo mediterráneo.

– ¿Una estudiante extranjera? -preguntó Stewart.

– No, por lo que me dijo el director del College esta mañana. La madre vive en Londres, como ya he dicho antes, y el padre es profesor de la universidad; figura en la lista de candidatos a algo llamado Cátedra Penford de Historia, sea lo que sea. Es miembro de la junta del St. Stephen's. Tiene una gran reputación en su especialidad.



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