
Los inquilinos de Hawthorn Lodge estaban tomando el sol en el patio trasero. Solo había dos, una mujer ciega de ochenta y cuatro años, que sonrió y cabeceó en respuesta al saludo de Barbara antes de caer dormida, y una mujer de aspecto aterrado, entrada en la cincuentena, que aferró las manos de la señora Fio y volvió a recostarse en su silla. Barbara reconoció los síntomas.
– ¿Es capaz de arreglárselas con dos? -preguntó con toda sinceridad.
La señora Fio acarició despacio el cabello de la enferma.
– No me causan problemas, querida. Dios nos abruma a todos con una carga, ¿verdad? Pero no hay carga imposible de soportar.
Barbara pensó en estas palabras, mientras tocaba la tarjeta guardada en el bolsillo de su chaqueta. ¿Estaba intentando desembarazarse de una carga que no quería soportar, por pereza o malvado egoísmo?
Soslayó la pregunta, repasando las circunstancias que aconsejaban el ingreso de su madre en Hawthorn Lodge. Enumeró los aspectos positivos: la proximidad a la estación de Greenford y el hecho de que solo debería efectuar un transbordo, en Tottemham Court Road, si ingresaba a su madre y alquilaba el pequeño estudio que había logrado encontrar en Chalk Farm; la verdulería que había descubierto dentro de la estación de Greenford, donde podría comprar fruta fresca para su madre cada vez que fuera a visitarla; el parque que distaba una calle del paseo central, flanqueado de espinos, que conducía a la zona de recreo, provista de columpios, balancines, tiovivos y bancos, donde podrían sentarse a contemplar las evoluciones de los niños del vecindario; la hilera de comercios cercanos, una farmacia, un supermercado, una licorería, una panadería, e incluso un restaurante chino con platos para llevar, la comida favorita de su madre.
Sin embargo, mientras pasaba revista a las características que la alentaban a llamar a la señora Fio, ahora que tenía una vacante, Barbara era consciente de que olvidaba a propósito algunos aspectos de Hawthorn Lodge que no había podido pasar por alto.
