Se dijo que nada podía mitigar el incesante estruendo procedente de la A40, ni el hecho de que Greenford era un barrio encajonado entre la línea férrea y la autopista. Además, había tres gnomos rotos en el jardín de delante. ¿Por qué demonios pensaba en ellos, de no ser por el patetismo que desprendía la nariz mellada de uno, el sombrero roto del segundo y la falta de un brazo del tercero? Y le resultaban escalofriantes las manchas brillantes del sofá, donde cabezas viejas y grasientas se habían apoyado durante tanto tiempo. Y las migajas adheridas a la comisura de la boca de la mujer ciega…

Detalles sin importancia, se dijo, diminutos garfios clavados en la piel de su culpa. La perfección no existía. Además, todos aquellos detalles sin importancia eran insignificantes, comparados con las circunstancias de su vida en Acton y el estado de la casa en que habitaban.

La realidad, con todo, residía en que esta decisión trascendía la oposición Acton-Greenford y el hecho de mantener a su madre en casa o enviarla a otra parte. Toda la decisión apuntaba al núcleo de los deseos de Barbara, que eran muy sencillos: vivir lejos de Acton, lejos de su madre, lejos de las cargas que, al contrario que la señora Fio, no se veía dispuesta a soportar.

Vender la casa de Acton le proporcionaría el dinero suficiente para sufragar los gastos que supondría ingresarla en casa de la señora Fio. Por otra parte, contaría con medios para instalarse en Chalk Farm. Daba igual que el estudio de Chalk Farm midiera poco más de ocho metros de largo por tres y medio de ancho, apenas un cuchitril con una chimenea de terracota y tejas ausentes en el tejado. Tenía posibilidades. Y Barbara solo pedía a la vida la promesa de algunas posibilidades.

La puerta se abrió a su espalda cuando alguien introdujo su tarjeta de identificación en la ranura de apertura. Miró hacia atrás y Thomas Lynley entró, con aspecto descansado, a pesar de la noche pasada con el asesino de Maida Vale.



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