– ¿Ha habido suerte? -preguntó el detective.

– La próxima vez que acepte hacerle un favor a un tío, ¿querrá dejarme sin sentido, por favor? Esta pantalla me deja ciega.

– ¿Debo suponer que nada de nada?

– Nada, pero tampoco me he entregado a fondo.

Suspiró, tomó nota de la última entrada que había leído y suprimió el programa. Se frotó el cuello.

– ¿Qué tal Hawthorn Lodge? -preguntó Lynley. Cogió una silla y se sentó a su lado, frente a la terminal.

Barbara hizo lo posible para evitar su mirada.

– Bastante bonito, supongo, pero Greenford está un poco alejado de la línea principal. No sé si mamá se adaptaría. Está acostumbrada a Acton, a la casa. Ya sabe a qué me refiero. Le gusta estar rodeada de sus cosas.

Notó que él la estaba mirando, pero sabía que no le daría consejos. Ocupaban posiciones en la vida tan dispares, que él no se atrevería a sugerir algo. Aun así, Barbara sabía que Lynley estaba al corriente del estado de su madre y de las decisiones que ella debía tomar por ese motivo.

– Me siento como una criminal -dijo con voz hueca-. ¿Porqué?

– Ella le dio la vida.

– Yo no lo pedí.

– No, pero uno siempre se siente responsable hacia el dador. ¿Cuál es el mejor camino?, nos preguntamos. ¿El mejor es el correcto, o solo una vía de escape muy conveniente?

– Dios no nos impone cargas que sean imposibles de sobrellevar -se oyó mascullar Barbara.

– Ese tópico es particularmente ridículo, Havers. Peor que decir que «no hay mal que por bien no venga». Qué tontería. Lo más frecuente es que las cosas vayan a peor, y Dios, si existe, no para de distribuir cargas insoportables a diestro y siniestro. Usted, en especial, debería saberlo.

– ¿Por qué?

– Es policía. -Se levantó-. Nos espera un trabajo fuera de la ciudad. Será cuestión de pocos días. Yo me adelantaré. Reúnase conmigo cuando pueda.



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