Su invitación la irritó, porque implicaba que comprendía su situación. Sabía que Lynley no se llevaría a otro agente. Trabajaría por los dos hasta que ella pudiera acudir en su ayuda. Muy propio de él. Barbara odiaba su espontánea generosidad. La ponía en deuda con él, y no poseía (jamás poseería) lo necesario para saldarla.

– No -dijo-. Voy a casa a preparar las cosas. Estaré lista dentro de… ¿De cuánto tiempo dispongo? ¿Una hora, dos?

– Havers…

– Iré.

– Havers, es en Cambridge.

Barbara echó la cabeza hacia atrás, leyó una indisimulada satisfacción en los cálidos ojos castaños del hombre. Agitó la cabeza.

– Está completamente loco, inspector.

Lynley cabeceó y sonrió.

– Pero solo de amor.

Capítulo 3

Anthony Weaver detuvo su Citroen en el amplio camino particular de grava de su casa, en Adams Road. Contempló a través del parabrisas el jazmín de invierno que crecía, pulcro y contenido, en el enrejado situado a la izquierda de la puerta principal. Había vivido durante las últimas ocho horas en la región que separa las pesadillas del infierno, y ahora estaba aturdido. Es la impresión, susurraba su intelecto. Había empezado a sentir algo cuando aquel período de incredulidad había pasado, sin duda alguna.

No hizo el menor esfuerzo por salir del coche. Aguardó a que su ex esposa hablara, pero Glyn Weaver, sentada a su lado con semblante impasible, mantuvo el mismo silencio con el que le había recibido en la estación ferroviaria de Cambridge.

No le había permitido que fuera en coche a Londres a buscarla, ni a coger su maleta, ni a abrirle la puerta. Ni tampoco a ser testigo de su dolor. Weaver comprendió. Ya había aceptado que era el culpable de la muerte de su hija. Había asumido esa responsabilidad nada más identificar el cadáver de Elena. Glyn no necesitaba abrumarle de acusaciones. Las habría aceptado todas.



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