Se quedaba en su casa como el capitán del Titanio. Recordé la primera vez que dispararon contra las ventanas con una escopeta de perdigones poco después del asesinato, él esgrimiendo el puño, desafiante. Creo que mi madre quería mudarse de casa, pero mi padre no; para él, cambiar de casa habría sido una derrota. Irse a otro lugar habría sido reconocer la culpabilidad de su hijo. Una traición.

Bobo.

Sheila me miraba. Su cordialidad era casi palpable, como un rayo de sol en mi rostro, y por un instante dejé que me bañase aquel calor. Nos habíamos conocido en el trabajo poco menos de un año antes. Yo soy director ejecutivo de Covenant House de la Calle 41 en Nueva York, una fundación benéfica que ayuda a jóvenes que abandonan su casa y viven en la calle, y Sheila entró allí de voluntaria procedente de un pueblo de Idaho, aunque poco tenía de pueblerina; me comentó que hacía muchos años ella también se había escapado de casa, pero fue todo cuanto me explicó de su pasado.

– Te quiero -dije.

– ¿Qué es la vida sin amor? -replicó.

Yo no puse los ojos en blanco. Sheila se había portado muy bien con mi madre en los últimos días. Tomaba el autobús desde Port Authority hasta Northfield Avenue y llegaba a pie al centro médico de St. Barnabas, donde, antes de caer enferma, la última vez que mi madre había estado allí fue para traerme al mundo. Probablemente hubiera en ese dato algo conmovedor vinculado al ciclo vital, pero en aquellas circunstancias yo era incapaz de establecer esa relación.

El hecho de haber visto a Sheila hacer compañía allí a mi madre despertó mi curiosidad y me arriesgué.

– Tienes que llamar a tus padres -dije en voz baja.

Sheila me miró como si le hubiese dado una bofetada y se levantó despacio de la cama.

– Sheila.

– No es momento, Will.

Cogí una foto enmarcada de mis padres de vacaciones, bronceados.



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