
– Como otros cualesquiera -dije.
– Tú no sabes nada de mis padres.
– Pero me gustaría conocerlos -repliqué.
– Tú has trabajado con jóvenes fugitivos -añadió volviéndome la espalda.
– ¿Y qué?
– Sabes lo contraproducente que puede ser.
Era cierto. Miré de nuevo intrigado sus rasgos asimétricos, aquella nariz, por ejemplo, con un abultamiento revelador.
– Pero sé también que es peor si no se habla de ello -dije.
– Ya he hablado de ello, Will.
– No conmigo.
– Tú no eres mi terapeuta.
– Pero soy el hombre a quien quieres.
– Sí. Pero ahora no, ¿de acuerdo? Por favor -dijo volviéndose.
No sabía qué replicar; quizá tuviese razón. Mis dedos jugueteaban distraídamente con la foto enmarcada. Y entonces sucedió.
La fotografía se desplazó un poco y al bajar los ojos vi que aparecía otra debajo. Desplacé un poco la de encima y apareció una mano; traté de apartarla más pero no cedía: busqué las tarabillas traseras, las descorrí y sobre la cama cayó la tapa seguida de dos fotografías.
Una -la de encima- era de mis padres en un crucero, con aspecto feliz, y sanos y relajados como casi no recordaba haberlos visto nunca. Pero la que llamó mi atención fue la otra fotografía, la que estaba escondida.
La fecha en rojo de la parte inferior era de hacía menos de dos años y estaba tomada en un terreno elevado o una colina. En el fondo no se veían casas, sino montañas de cumbres nevadas muy parecidas a las de la primera escena de Sonrisas y lágrimas. El hombre que aparecía en la fotografía llevaba pantalones cortos, mochila, gafas de sol y botas de montaña gastadas. Su sonrisa me resultaba familiar. Su cara también, aunque tenía ya más arrugas y llevaba el pelo más largo y una barba canosa. Pero no había duda: aquel hombre era mi hermano, Ken.
