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Mi padre estaba solo en el patio trasero. Se había hecho de noche, pero él seguía sentado inmóvil y miraba a la oscuridad. Al acercarme a él por detrás recordé de pronto una escena contradictoria.

Unos cuatro meses después del asesinato de Julie lo encontré en el sótano de espaldas a mí, igual que en ese momento. Él, convencido de que no había nadie en casa, sostenía en la mano derecha su carabina Rugger del calibre 22. La acunaba con ternura, como si fuese un animalito; yo nunca había sentido más miedo en mi vida. Me quedé paralizado; él miraba fijamente el arma. Al cabo de unos minutos interminables volví a subir la escalera de puntillas y una vez arriba fingí que entraba. Bajé los escalones pesadamente, la escopeta había desaparecido.

No me separé de él en una semana, atento, a su lado.

Crucé la puerta corredera de cristal.

– Hola -dije.

Se volvió, mientras esbozaba una sonrisa amplia. Siempre tenía una para mí.

– Hola, Will -respondió suavizando la aspereza de su voz.

A mi padre siempre le alegraba ver a sus hijos y antes de suceder todo aquello era un hombre con muchas amistades; caía bien a la gente porque era amable y formal, incluso algo brusco, lo que lo hacía parecer aún más formal. Su mundo era su familia y nadie más le importaba. El sufrimiento de los extraños, incluso de los amigos, no hacía mella en él: era un hombre de algún modo centrado en la familia.

Me senté en la tumbona a su lado sin saber cómo abordar el tema. Respiré hondo y él lanzó también un profundo suspiro. A su lado me sentía maravillosamente seguro; él era el mayor y más débil y yo era ahora el más alto y fuerte, pero sabía que si surgía alguna adversidad él plantaría cara y recibiría el golpe por mí.

– He tenido que cortar esa rama -dijo señalando a la oscuridad.

– Ya -asentí yo sin lograr verla.

La luz de la puerta de cristal corredera iluminaba su perfil. La ira se había disipado y él había recuperado su actitud anonadada. A veces pienso que mi padre, efectivamente, había tratado de parar el golpe del asesinato de Julie, pero lo que recibió fue una patada en el culo. Sus ojos conservaban ese estallido interior, esa mirada de quien acaba de recibir de improviso, sin venir a cuento, un directo en el estómago.



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