
– ¿Te encuentras bien? -preguntó con su habitual latiguillo.
– Estoy bien. Bueno, bien no, pero…
– Sí, claro -añadió con un gesto de la mano-. Qué tonto soy.
Permanecimos en silencio y él encendió un cigarrillo. Él, que nunca fumaba en casa por la salud de sus hijos y todo eso. Dio una calada y, como si de pronto lo recordase, me miró y lo apagó.
– Fuma, fuma -dije.
– Tu madre y yo acordamos no fumar en casa.
Sin replicar, crucé las manos sobre el regazo. Después me lancé.
– Mamá me dijo algo antes de morir.
Entornó los ojos escrutándome.
– Me dijo que Ken estaba vivo.
Mi padre se puso tenso una fracción de segundo. En su cara se dibujó una sonrisa triste.
– Por las drogas, Will.
– Fue lo que yo pensé al principio -dije.
– ¿Y ahora?
Lo miré a la cara tratando de detectar un atisbo de contrariedad. Había habido rumores, cierto. Ken no tenía mucho dinero. Muchos se preguntaban cómo mi hermano se había podido permitir vivir escondido tanto tiempo; yo pensaba que era imposible y que había muerto aquella noche. Otros, quizá casi todos, creían que mis padres le enviaban dinero a escondidas.
Me encogí de hombros.
– No sé por qué diría eso al cabo de tantos años.
– Las drogas -repitió-. Y se estaba muriendo, Will.
La segunda parte de la respuesta parecía abarcar muchas cosas. Me callé un instante, después pregunté:
– ¿Crees que Ken sigue vivo?
