– No -contestó, y desvió la mirada.

– ¿Te dijo algo mamá?

– ¿Sobre tu hermano?

– Sí.

– Más o menos lo que a ti -respondió.

– ¿Que está vivo?

– Sí.

– ¿Algo más?

Mi padre se encogió de hombros.

– Que él no mató a Julie, y dijo que ya habría debido volver pero que antes tenía algo que hacer.

– ¿Hacer qué?

– Decía cosas absurdas, Will.

– ¿Tú se lo preguntaste?

– Claro, pero deliraba; ya no me oía. Así que la tranquilicé; le dije que se pondría bien.

Volvió a apartar la mirada y pensé en enseñarle la foto de Ken, pero cambié de idea. Quería pensar antes de abrir esa vía.

– Le dije que se pondría bien -repitió.

Tras la puerta corredera se veía uno de esos cubos de fotos castigado por el sol, en que el color de las viejas imágenes había quedado reducido a borrones amarillo-verdosos. No había fotos recientes en la sala; nuestra casa había quedado atrapada en el túnel del tiempo desde hacía años, como en la antigua canción del reloj del abuelo que se para al morir él.

– Vuelvo enseguida -dijo mi padre.

Lo vi levantarse y caminar hasta que lo único que distinguía era su contorno en la oscuridad. Vi que agachaba la cabeza y que le temblaban los hombros. Creo que nunca lo había visto llorar y no quise empezar en ese momento.

Me volví y recordé la otra foto, la de mis padres en el crucero, bronceados y felices, y pensé si acaso él también pensaba en lo mismo. Cuando me desperté tarde aquella noche, Sheila no estaba en la cama.

Me incorporé y escuché. Nada. Por lo menos en el apartamento. Sólo oía el rumor normal de la calle tres pisos más abajo. Miré hacia el cuarto de baño y la luz estaba apagada. En realidad no había ninguna luz encendida.

Pensé en llamarla pero había algo raro en aquella quietud, algo frágil que bullía en el aire. Me levanté de la cama, mis pies sintieron esa moqueta que ponen en los apartamentos como si fuera a amortiguar cualquier ruido.



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