
El apartamento era pequeño, tenía un solo dormitorio. Fui al cuarto de estar y asomé la cabeza. Sheila estaba allí, sentada en el alféizar mirando la calle por la ventana. Me recreé contemplando su espalda, su cuello de cisne, aquellos hombros maravillosos, el cabello que le caía sobre la blanca piel, y sentí otra vez la excitación. Nuestra relación estaba aún en los prolegómenos de qué grande es estar vivo, en que nunca se tiene suficiente del otro, ese estado que te impulsa a cruzar el parque flotando para reunirte con ella con la certeza de que la relación va a convertirse pronto en algo más profundo y rico.
Yo sólo había estado enamorado antes otra vez y de eso hacía mucho tiempo.
– Hola -dije.
Se volvió ligeramente pero fue suficiente. Tenía lágrimas en las mejillas y vi cómo resbalaban a la luz de la luna. Ella no contestó; no profirió ni un sollozo ni un suspiro. Sólo lloraba. Me quedé en la puerta indeciso.
– Sheila…
En nuestra segunda cita, Sheila me hizo un juego de naipes. Consistía en coger dos cartas, introducirlas en la baraja mientras ella volvía la cabeza, y después ella las tiraba todas al suelo menos las dos que yo había elegido. Me dirigió una amplia sonrisa cuando me las mostró. Yo también sonreí. Fue…, no sé cómo calificarlo, ¿una tontería? A Sheila le gustaban esas bobadas; los trucos de cartas, los refrescos de sabores y las bandas infantiles. Cantaba ópera, leía con voracidad y declamaba anuncios comerciales. Era capaz de hacer una perversa imitación de Homer Simpson y de Mr. Burns, aunque la de Apu y Smithers no le salía tan bien. Pero lo que verdaderamente le gustaba era bailar; le encantaba cerrar los ojos con la cabeza apoyada en mi hombro, abstraída.
– Perdona, Will -dijo sin mirarme.
– ¿Por qué? -repliqué.
Ella siguió mirando fijamente a la calle.
