– Acuéstate. Voy dentro de un momento.

Quise quedarme o decirle algo para consolarla, pero no lo hice. Ella era inalcanzable en aquel momento. Algo la había alejado. Hubiera sido inútil y contraproducente decir o hacer nada. Al menos, es lo que yo pensé. Cometí un gran error. Me metí en la cama y aguardé.

Pero Sheila nunca volvió.

3

Las Vegas, Nevada

Morty Meyer estaba acostado, profundamente dormido boca arriba, cuando sintió el cañón de la pistola en la frente.

– Despierte -dijo una voz.

Morty abrió los ojos de par en par. El dormitorio estaba a oscuras. Quiso levantar la cabeza, pero la pistola se lo impedía. Dirigió la mirada al radio-reloj luminoso de la mesilla; no había ninguno. Ahora que lo pensaba, hacía años que no tenía reloj: desde la muerte de Leah, cuando había vendido la casa estilo colonial de cuatro dormitorios.

– Ya sabéis que pienso pagaros, muchachos -dijo Morty.

– Arriba.

El hombre apartó la pistola y Morty alzó la cabeza. Sus ojos se acostumbraban a la oscuridad y distinguió una cicatriz en aquel rostro. Le vino a la memoria aquel programa de radio de su niñez: «La Sombra».

– ¿Qué quiere?

– Tiene que ayudarme, Morty.

– ¿Nos conocemos?

– Levántese.

Morty obedeció. Sacó las piernas de la cama y, al ponerse en pie, sintió un mareo y se tambaleó por efecto de ese momento de transición en que la borrachera cede y la resaca arrecia como un huracán.

– ¿Dónde tiene el maletín de urgencias? -preguntó el hombre.

Morty sintió que el alivio le inundaba las venas. Así que no era más que eso. Trató de ver alguna herida, pero estaba demasiado oscuro.

– ¿Usted? -preguntó.

– Yo no. Ella está en el sótano.

«¿Ella?»

Morty sacó de debajo de la cama su viejo maletín médico de cuero, del que ya se habían borrado las iniciales en pan de oro y cuya cremallera cerraba mal.



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